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Anécdotas, cábalas y ritos del título de la Celeste en la Copa América 2011

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El 'Zurdo' Bessio: salir por el túnel del Estadio Centenario y su confesión (3:06)

El músico uruguayo contó cómo fue vivir toda la previa, que contó con muchos nervios, angustia y preocupación. (3:06)

Estadio Brigadier General Estanislao López. El reconocido Cementerio de los Elefantes porque ahí caen todos los grandes. Una caldera del diablo para recibir a Uruguay.

La Argentina con Messi, Agüero, Tevez, Higuaín, Di María. Un cuadro que de mitad de cancha para adelante metía miedo. Y allá fue la Celeste. Como gusta a los uruguayos, de punto. Es más, muchos pensaban que se terminaba la Copa América 2011.

Aquel 16 de julio, Uruguay llegó al estadio y cuando la puerta del ómnibus se abrió, sorprendió la música que se escuchaba: el himno patrio. La Selección llegó a la cancha de Colón escuchando el himno, algo atípico pero que se había transforma en una costumbre del grupo seleccionado desde el Mundial de Sudáfrica 2010.

En aquel Mundial, el Ruso Pérez pedía ir adelante en el ómnibus para ir entrando en clima y yo iba con la camarita atrás, al lado del parlante. El Ruso me pedía que pusiera el himno para llegar a los estadios. Acá uno veía detalles, como vivía cada jugador, como se metían en el partido, lo que le generaba el himno a los muchachos, son cosas que a uno le van a servir para cuando sea entrenador”, expresó el Loco Sebastián Abreu.

La versión del himno con la que se identificó el grupo seleccionado fue la que cantó el Zurdo Bessio en el Centenario, el día que se definió el Repechaje contra Costa Rica. “Es una mística que se generó en el proceso. Lo empezamos a hacer en el Mundial y se adoptó”, dijo Abreu que fue el primero en llevar el mini componente que luego heredó Palito Pereira.

El plantel que conformó Tabárez para la Copa América de Argentina 2011 era la base del que fue a Sudáfrica, con pequeños matices o retoques. A modo de ejemplo, el Tata González quedó con el dolor del alma por no concurrir al Mundial pero encontró la felicidad al formar parte del plantel de la Copa. El Tata y Luis Suárez forman parte del clan familiar del Loco Abreu. Es que son padrinos de los niños del minuano.

Los que no son parientes pero compartieron todo el proceso juntos son Diego Forlán y el capitán Diego Lugano. Es que, a pesar de ser el día y la noche, compartieron siempre la concentración. ¿Por qué eran el día y la noche? Forlán el rey del orden, Lugano la cara opuesta. Forlán, que por ese entonces terminaba su relación con la mediática Zaira Nara, era el soltero prolijo y ordenado. Lugano el típico casado que entraba y tiraba la campera arriba de la silla o en cualquier lugar de la habitación.

Duermen en la misma habitación, pero está dividida la pieza. Lugano es tradicional a su costumbre donde el desorden es su orden. Y Forlán, soltero (se casó en el año 2013), acostumbrado a otra cosa, todo prolijito, la ropa dobladita, todo tendido, perfumado como debe ser” reveló Abreu en una nota con El Observador.

En aquella charla que mantuvimos en pleno Buenos Aires, previo a las semifinales donde Abreu cumplía 15 años en la Selección, el Loco reveló detalles de la interna como la buena elección de Cavani de su ropa, los perfumes del Cebolla Rodríguez y el mate lavado del Pelado Cáceres. Los fanáticos de los celulares eran el Cebolla y Luis Suárez. Al tiempo que la cara opuesta era el Tata González. “La versión más lejana de la modernidad que pueda existir”, expresó Abreu.

Sobre el mate, los mejores cebadores le daban palo a Andrés Scotti. “Antes de viajar a la Copa América le regalaron el mate celeste y se llevó todo, menos mal porque de lo contrario nos utilizaba a todos de Ansina para que le ceben”, dijo un integrante del grupo. Pero la mayoría coincidía con señalar a Martín Cáceres como el peor cebador: “Le ponía voluntad pero lo lavaba enseguida. Palito (Pereira) igual, lo agarraba pero lo largaba al toque”.

Los integrantes del plantel reconocieron en Diego Godín al mejor cebador de mate. Las cábalas, como en todo plantel, no podían faltar en el campeón. A modo de ejemplo, el Loco Abreu no pisaba la cancha cuando el equipo llegaba a las canchas y los jugadores entraban a reconocer el campo de juego. La noche que Uruguay eliminó a Argentina sus compañeros le hicieron una jugada. Resulta que el Loco estaba con su mate, le cebó a Scotti y el zaguero, sabiendo de la cábala del minuano, se metió al campo de juego. “Bo, dale, dejen de joder, devuelvan el mate”, decía el Loco Abreu paradito al borde la cancha del estadio Brigadier General Estanislao López ante las risas cómplices de todos sus compañeros.

Aquel grupo que se comenzó a gestar en los amistosos y se terminó de consolidar en las interminables horas de concentración en el Mundial de Sudáfrica 2010, incluyó a todos sin excepción, como lo contó el cocinero Aldo Cauteruccio. Resulta que el día que la Selección clasificó al Mundial de Sudáfrica 2010, el plantel resolvió volver al Complejo Celeste para celebrar comiendo un asado. Como aquello había sido una locura, los jugadores fueron llegando como pudieron al Complejo. Y el chef de la Celeste se fue con dos jugadores en su auto.

En determinado momento, Aldo se percató de que el vehículo se empezaba a quedar si nafta. Aquella noche llovía mal. Y el auto se queda a escasos metros de la estación de servicio que hay en las inmediaciones del aeropuerto. El chef se bajó dispuesto a caminar bajo agua para comprar una bolsa de nafta ya que, si bajaban sus acompañantes, se armaba terrible revuelo. Era lógico, el país entero andaba en la calle celebrando la clasificación.

Cauteruccio pidió la bolsa de nafta y los pisteros de la estación le preguntaron donde tenía el auto para darle una mano y empujarlo. Cuando llegaron al vehículo, pusieron el combustible y al momento de empujar, los empleados de la estación de nafta se dieron cuenta que arriba del vehículo había dos flacos. Y pensaron, “estos están de vivos”. Entonces le dijeron al cocinero de la Selección: ‘Flaco, que estos pintas se bajen a empujar’. A lo que Cauteruccio abrió la puerta y gritó: ‘¡Bueno muchachos, a empujar!’. Cuando apareció Lugano en la escena, los empleados de la estación de nafta se querían morir.