Sin cancha propia y tras el golpe de la caída: el emotivo ascenso de Temperley

Hay clubes que ofrecen alfombra sintética, vestuarios de primera línea y comodidades que seducen a cualquiera. Y hay clubes como Temperley, donde lo que sobra no son las hectáreas ni el césped propio, sino la mística. En Turdera y en la zona sur se aprende a querer lo que se tiene, a remar en el barro y a construir fortalezas allí donde otros verían carencias. Para Magalí y Martina Músico, vestir la camiseta celeste no es una etapa de paso ni un pasatiempo de fin de semana: es un contrato de vida que ya lleva catorce años.

Catorce años, el mismo refugio y la negativa a marcharse

“¿Por qué no te vas a un club que tenga cancha propia para crecer más?”, dicen las voces desde afuera, pero Martina no dudó al desarmar ese prejuicio con la contundencia de una declaración de principios: "Propuestas siempre hay, pero no nos pensamos mover de acá. Se habla mucho de que es un club que no tiene cancha propia, pero la realidad es que forjamos unos valores impresionantes en Temperley. Hay gente muy buena y tenemos un sentido de pertenencia que creo que nadie más puede llegar a tener. Quizás con poco podemos hacer mucho realmente".

Para Magalí, la ecuación se completa con la presencia imborrable de su hermana al lado. “Si hay algo que aprendimos en Temperley es a lucharla, a remarla desde abajo. Y estar con ella es algo impagable: no sé lo que es jugar al hockey sin mi hermana, sin sentir los colores como los sentimos, sin vivirla ni lucharla”, confiesa con la emoción de quien sabe que el verdadero triunfo es compartir el camino.

Mirar el resultado del fútbol y abrazar la revancha

El fanatismo de las Musico por el Gasolero trasciende el sintético. Es una herencia cultural, una forma de sentir y de latir en sintonía con la institución. Ni bien terminó el partido que consumó el ascenso, con las piernas exhaustas y el corazón todavía acelerado, el primer impulso no fue mirar la tabla propia, sino preguntar por el equipo de fútbol. “Terminó nuestro partido y lo primero que dijimos fue: 'A ver cómo salió Temperley'. Es algo que tenemos muy arraigado en la sangre, tenemos sangre celeste”, relata Magui con una sonrisa que le desbordaba la cara. Y esa misma mística futbolera, combativa y popular es la que bajaron a la cancha para firmar la vuelta a la D sin necesidad de sufrir hasta la última fecha. "Es otro el gusto cuando te toca descender y en el campeonato siguiente volvés, en esta instancia, sin tener que llegar al final. El año pasado nos tocó la mala, pero la enseñanza fue seguir juntas como equipo y como club. No tenemos techo, vamos a seguir preparándonos porque siempre queremos más".

La pedagogía del abrazo: de qué están hechas

Cuando las luces de la jornada se apagan y los bolsos se acomodan a un costado de la cancha alquilada, queda al desnudo la verdadera fibra de las hermanas Músico. Martu intenta hablar, pero los ojos se le llenan de emoción al mirar a su alrededor. No hay trofeos ni infraestructura dorada que pueda comprar lo que construyeron en catorce temporadas de entrega incondicional. Enseñarles a las más chiquitas de la tira que el amor por el club no depende de una cancha de agua ni de un resultado coyuntural es, en definitiva, el mayor legado de las hermanas. Demostraron que el descenso de 2025 no fue un punto final, sino la pausa necesaria para tomar impulso. Porque hay jugadoras que buscan clubes para lucirse, y hay deportistas -como las Músico- que eligen quedarse para hacer gigantes a las instituciones que aman.