A diferencia del Genio de la Lámpara, Diego Armando Maradona nunca pudo ser despojado de la esclavitud que conlleva el papel de ídolo
Cuando Aladino conoció al Genio de la Lámpara, no sabía qué tres deseos pedirle, por lo que le pidió consejo para asesorarle. Algo que causó una impresión total en el ser de color azul, pues nunca nadie le había preguntado eso, ni mucho menos se habían interesado en su vida íntima.
Porque tras frotar la lámpara, conceder deseos, hacer trucos de magia, emocionar y alegrar a sus amos, el genio tenía que volver a un lugar obscuro, silencioso, solitario, incómodo. De ahí que su propio deseo consistía en que alguien lo liberara quitándole la presión que implicaba darle gusto a todo el mundo.
No existe una persona en el mundo que no haya oído hablar de Diego Armando Maradona. El futbolista. El genio. El ídolo. El que ayudaba a los suyos. El que hizo campeona del mundo a Argentina por segunda ocasión. El que maravilló y paralizó a Nápoles. El que metió un gol con la mano. El que marcó el gol del siglo en México ‘86. El que poseía la mejor zurda del planeta. El que cayó en las drogas. El que se retiró de un mundial tomado de la mano de una enfermera para hacerse una prueba antidoping que todos sabrían el resultado que tendría. El que seguía consumiendo drogas. El que apoyaba gobiernos de izquierda. El que deterioró su imagen física y pública. El que no ha tenido otro igual en una cancha de futbol. El que para muchos es el mejor de la historia.
Lo que Diego hizo con la pelota lo conocemos todos. Pero son pocos los que conocían sus tristezas, sus depresiones, sus anhelos. Sólo él sabía lo que quería decir cuando expresaba su deseo de: “No quiero ser ídolo sino solamente Maradona".
Al igual que el genio de la lámpara, todos disfrutaban de sus mejores actos en la cancha, pero pocos o nadie se interesaron en verdaderamente ayudarle. Muchos lo consintieron, pocos lo ayudaron. Y si hubo quien lo intentó, no tuvo éxito. Y no hablo solamente de sus adicciones sino también de sus penas, sus vacíos, sus tristezas, sus duelos.
De manera sorpresiva, Diego murió para dar paso a una leyenda que existía aún con él en vida. No necesitó morir para crear esa leyenda. Y aunque para muchos su deceso no fue sorpresa, por el estilo de vida que consumió su cuerpo, nadie imaginó que abandonaría de forma tan intempestiva este mundo. Apenas a sus sesenta años.
Diego Armando Maradona lo dio todo, se entregó por todos sus aficionados, sus familiares y amigos, los verdaderos aún los falsos. A pesar de haber llenado de felicidad deportiva a millones de aficionados, nunca tuvo la oportunidad de encontrar a su Aladino que rompiera las esposas que lleva consigo el papel de ídolo. A Maradona no dejaron de atosigarlo ni en su último adiós donde el caos se hizo presente con los hinchas que querían darle el último adiós.
Murió Diego Armando Maradona, el futbolista. El genio dejó de existir hace muchos años, aunque no tendrá otro igual. La leyenda, vivirá por siempre. El ser humano quizás murió, con más tristezas que alegrías. Algo irónico para alguien quien hizo feliz a tantos y tantos aficionados.
A diferencia del Genio de la Lámpara, Diego Armando Maradona nunca pudo ser despojado de la esclavitud que conlleva el papel de ídolo.
