MOSCÚ (Enviado especial) -- "El juego será una basura. Tenemos que estar preparados. Uruguay va a jugar su partido, se va a tomar su tiempo, se van a caer, van a ir a protestar al árbitro. Es lo que ellos hacen. El partido va a ser desesperante, van a querer llevarnos a su terreno". Antoine Griezmann es el francés más uruguayo de todos. El que más los conoce, el que es capaz de descifrar todas sus estrategias, sus manias. Porque en el fondo (y también en la superficie), él es un oriental más. Por eso será el jugador más peligroso para la Celeste. No hay peor enemigo que uno mismo.
Dejó Francia a los trece años, cuando fue contratado por Real Sociedad. Había sido rechazado por el club de sus amores, Olympique Lyon, y la oportunidad española sedujo a su familia. Allí hizo todas las inferiores hasta su debut en primera en 2009. Unos meses antes conoció al hombre que cambió buena parte de los hábitos de su vida. Carlos Bueno era delantero titular del equipo y adoptó al pequeño francés. “Venía a buscarme a casa para llevarme a los entrenamientos. No le importaba que compitiéramos por el mismo puesto, había una solidaridad, es algo que solo he visto en el fútbol sudamericano”, recordó Antoine cuando ya era una estrella.
Bueno le enseñó a tomar mate, lo hizo hincha de Peñarol, le abrió las puertas de la cultura charrúa de par en par. Griezmann no sólo se convirtió en un fanático del dulce de leche y comenzó a mezclar su francés españolizado con el clásico "bo" y "ta", también comprendió que se podía relacionar mucho más fácil con uruguayos que con europeos. Desde aquellos días, la gran mayoría de sus amigos del fútbol nacieron al este del Río de la Plata.
No sólo fue Bueno su vínculo con Montevideo. El entrenador que lo hizo debutar y más le enseñó en esos primeros años fue Martín Lasarte. “Necesitábamos un banda izquierda, el del filial estaba lesionado y nos mandaron a Antoine, que era juvenil, y lo hizo muy bien y pedí que se quedara haciendo la pretemporada. Al quinto partido tomó la titularidad y ya no lo abandonó ni en Segunda ni en Primera división”, recuerda el técnico. Griezmann también trabó una amistad con el DT que ascendió a la Real Sociedad en 2011.
La temporada anterior al regreso a la Liga, llegó a Guipúzcoa Diego Ifrán. El de Cerro Chato afianzó aún más la conexión entre quien ya era uno de las grandes promesas del fútbol galo y el Uruguay. Lasarte recuerda que la relación entre sus compatriotas y el crack se daba naturalmente, como si compartieran los mismos códigos desde la niñez: “Hacía los mismos chistes que ellos, jugaban a tirarse en la nieve y estaban siempre juntos".
Antoine no tiene ningún tipo de conexión de sangre con Sudamérica. Su padre es francés de origen alemán y su madre portuguesa. No se crió viendo a su familia tomando mate y sin embargo cada vez que llega a un estadio con la camiseta nacional o la de Atlético Madrid, lo hace con el termo debajo del brazo. "Me da energías por la mañana y también por la tarde. Algunos tienen miedo que me salte un doping, pero ya les expliqué. Y he pasado más de treinta", afirma el autoproclamado "mejor cebador de Europa" mientras sus compatriotas lo miran de costado.
En 2014 fue contratado por Atlético Madrid. La presencia de Diego Godín fue fundamental para que su llegada se concrete. "Si juego en Atlético es en gran parte por Diego, porque cuando me llamaron lo consulté a él y me habló bien del club, lo que me dio ganas de firmar. Es un gran amigo, estoy todos los días con él en el vestuario y fuera del campo, por eso es el padrino de mi hija pequeña". Cuando llegó Josema Giménez se concretó un trío charrúa al que se podría sumar Diego Simeone, el argentino más uruguayo por estilo de juego. "Ellos saben todo de mí y yo sé todo de ellos".
En la fase de grupos de la Euro 2016, Griezmann no jugó bien en el debut ante Rumania y Deschamps lo mandó al banco contra Albania. Por supuesto, sin él el equipo jugó aún peor y al DT no le quedó otra que hacerlo entrar cuando faltaban veinte minutos. El desenlace fue el esperado: gol de cabeza del número siete. El festejo, cargado de bronca y desahago expuso de forma contundente su costado charrúa: "vamos, vamos, la c** de su madre, vamos". Al ser consultado al respecto, declaró: "No sé por qué, pero me salió así. Cuando tengo mucha rabia, puteo así". En un momento cúlmine de su carrera en la Selección, nada de gritos afrancesados. Un insulto cien por ciento rioplatense.
"Tengo algo de uruguayo, como su estilo de juego en el que dan todo por el equipo, no se dan nunca por vencidos y ayudan a sus compañeros. Es una nacionalidad que adoro y un país que adoro. Va a ser especial y muy fuerte emocionalmente, pero tengo confianza en hacer un buen partido”, dijo acerca del choque que se viene en cuartos de final de la Copa del Mundo. El destino quiso que el partido más importante de su vida sea frente al rival más querido, frente a sus amigos. Por esta vez no habrá frases del estilo "Uruguay nomá" en sus redes sociales. Por unos días, Grienzmann volverá a ser francés.
