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El Tri es recibido en Phoenix lleno... de desdén previo al amistoso ante Estados Unidos

PHOENIX -- Son tiempos de recelo, de tregua y desconfianza.

La Selección de México llegó a Glendale, Arizona, en medio del desdén y el abandono. Apenas cuatro aficionados montaron guardia en el hotel ubicado a sólo unos metros del University of Phoenix Stadium.

Herencias malditas. Ya en la época de Juan Carlos Osorio, la afición se mostraba resentida. Durante los últimos meses de Gerardo Martino, la brecha del divorcio quedó abierta. Diego Cocca cosecha lo que otros sembraron: pesimismo.

El clásico ante Estados Unidos de este miércoles por la noche no seduce a las multitudes de otros tiempos. El boletaje aún no está agotado. Otrora, la reventa habría sido feroz, voraz. La gallina de los huevos de oro, la afición mexicana en Estados Unidos, ha dejado de beber la leche amarga de las ubres tristes del Tri.

Colapsado el Freeway 10, la ruta del aeropuerto de Phoenix a la trinchera desolada de México, provocó que el Tri arribara con retraso al hotel. Una decena de medios aguardaban la llegada. Un simplón operativo de seguridad, con dos guardias de la policía local y apenas algunos elementos de seguridad del hotel, aguardaba entre un tendedero de lienzos negros que aislarían a los jugadores desde el autobús a los elevadores.

¿Aislarlos de quién? El único intruso era la ausencia.

Con su selección de la Liga MX, ese escuadrón doméstico arrejuntado al azar y entre refunfuños de los clubes, Cocca deberá bautizar la fiesta anual de amistosos que inaugura Estados Unidos, que presenta también lo que alcanza a rescatar de la compasión europea y de la abnegación de los clubes de la MLS.

Cocca fue el primero en bajar del autobús. Poco acostumbrado al vítor y la lisonja luego de su bullicioso y exitoso paso con el Atlas, el técnico argentino volteó hacia donde se originó el grito, precisamente entre los cuatro aficionados colocados al final de la fila desde donde los medios observaban el desembarco.

Luces encendidas, obturadores abiertos, diafragmas de las cámaras fotográficas haciendo guiños y celulares que buscan el ángulo que desate la tormenta de clicks en las redes sociales.

Algunos jugadores responden a los gritos de la cuarteta bullanguera de seguidores de las cenizas del Tri. Los futbolistas voltean, sonríen, levantan la mano y siguen su camino. Otros fingen estar inmersos en los sonidos de sus audífonos que, curiosamente, tienen las luces de los sensores apagadas.

Carlos Acevedo sí obedece un llamado. Le piden un autógrafo sobre un cuadro y se acerca presuroso, paciente y sonrojado, cuando un quinto aficionado mezclado entre reporteros logra meterse hasta el cerco que custodia el desfile.

Mauricio Ymay transmite en vivo para ESPN, pasa lista y al mencionar al médico José Luis Serrano, éste voltea sorprendido. Todo esto demuestra cómo el silencio era lastimado por las voces de diversos enviados especiales cuando hubo otros tiempos en los que la fiesta decibélica era atronadora.

El abandono y la indiferencia son el confeti más amargo del desdén.

Concluye la procesión y todos a sus quehaceres. Unos, a reportar que no hay nada que reportar, a no ser la solitaria y casi anónima llegada del Tri. Los aficionados, a repasar sus celulares y compartir fotos y videos. Los guardias bostezan. En esas calles de Arizona junta más gente un coyote atropellado, uno de los 200,000 que se calculan pululan en Arizona.

Ya no hay gallina, ni huevos ni oro. Al menos parece que los tiempos de embaucar y engatusar han quedado atrás. Sólo hay una manera de resucitarla en una proeza que parece imposible: vencer a Estados Unidos este miércoles, en la Semifinal de la Liga de las Naciones y volver a beber de la ya tan ajena Copa Oro.