Benjamin Franklin escribió la famosa frase que nada era más seguro de ocurrir en la vida que la muerte y los impuestos. En su momento, nuestros estándares incuestionables de la confiabilidad fueron los relojes suizos y la ingeniería alemana, mientras los escépticos podrían decir, para incluir así nuestras figuras públicas modernas: Nada es más seguro de ocurrir en la vida que la decepción.
Pero quiero reconocer que, a nivel mundial, El Clásico español es más productivo que los bancos y que Amazon, Netflix, UPS y el servicio postal estadounidense deberían intentar imitar la habilidad que tiene este encuentro deportivo de cumplir exactamente con lo que promete.
También quiero dejar claro que este cotejo, lleno de suspenso y digno de ser reconocido a nivel mundial no sólo brilla. Realmente es dorado.
Casi nada está garantizado que le dará mayor dramatismo de alta calidad y deportivismo que el encuentro entre Real Madrid y Barcelona, chocando sus destrezas y astucias en la cancha de fútbol, como lo harán nuevamente este sábado en el estadio Santiago Bernabéu.
Los expertos en mercadeo históricamente han utilizado la frase: “No vendas la salchicha, vende las chispas”. Es una adorable conseja que nos indica qué hace a la publicidad efectiva. No traten de evocar adoración por un cilindro de carne rosada. Al contrario, promuevan los recuerdos llenos de sabor, la idea. El sonido del chispeo cuando el producto se está friendo intenta evocar el sabor de la última vez en la cual el cliente potencial disfrutó una salchicha con patatas fritas. Ya conocen la historia.
Sin embargo, con El Clásico español no se necesitan expertos en mercadeo. No hay que tratar de vender un producto original, pero poco atractivo con recuerdos muy bien seleccionados, tras décadas de acción. Con regularidad casi trigonométrica, la versión moderna de este enfrentamiento nos recompensa con técnicas, atrevimiento, invención, desafío, astucia, drama y satisfacción.
Vean esta edición inminente: El Madrid son los campeones reinantes de España, Europa y el mundo, pero están 11 puntos por debajo del Barcelona en La Liga. Ni ellos ni ningún otro equipo español ha podido compensar un déficit así para ganar el título.
Más allá de ello, no se necesita buscar tramas o sub-tramas extras. Sin embargo, están allí, cruzadas entre la expectativa y los 90 minutos en sí. Y exigen nuestra atención más fuertemente que los bebés hambrientos cuando quieren desayunar a las seis de la mañana.
Por ejemplo, la última vez en la cual el Barcelona visitó el Bernabéu para disputar un enfrentamiento de Liga, en abril pasado, se produjo un partido que fue histórico, brillante e inútil, todo a la vez.
De forma tristemente célebre e igual digna de ser recordada, Lionel Messi selló el triunfo de los visitantes 3-2, con el gol número 500 de la carrera del argentino con los blaugranas, en los últimos segundos tras una remontada de Sergi Roberto de proporciones dignas de Messi. El triunfo del Barça les dio repentinamente una oportunidad significativa de retener su título. Un déficit de seis puntos fue reducido a la mitad con cinco partidos por disputarse.
Si se veía a Cristiano Ronaldo en ese instante, mientras Messi alzaba el dorsal de su camiseta del Barça hacia la esquina del Bernabéu con una tropa de hinchas viajeros, el portugués parecía brotar lava volcánica, con furia a punto de explotar.
De ese otro lado, el luso estaba rugiendo durante la noche, lamentándose de la incapacidad de su equipo de defender el resultado y especialmente furioso que fue al final la magia del propio Messi la que iba a imprimir su sello en esta edición particular del Clásico.
Al final se convirtió en un pie de página: el Barcelona no pudo acercarse a sus rivales más allá de esos tres puntos y el Madrid se convirtió en campeón merecido al final.
Ya ven: histórico, brillante e inútil.
Pero adelanto cinco meses y, cuando El Clásico estalló, fue en el Camp Nou. Messi acababa de igualar en el partido de ida de la Supercopa de España y Ronaldo no tenía nada de eso.
Si han prestado atención, ya se habrán dado cuenta. Cristiano recolecta su furia y la utiliza como combustible. Es una de sus fortalezas. Si no están seguros de ello, pues deben estarlo. En esta ocasión, el sensacional gol de CR7 en el minuto 80, disparando hacia la esquina superior izquierda del arquero desde un lado del área de penales a fin de marcar su autoridad y del Madrid, al final con uno de sus mejores cañonazos de todos los tiempos.
Lo que ocurrió después hace un nexo directo al partido de abril pasado y la nueva revancha del fin de semana. En una imitación deliberada del gesto de Messi al despojarse de su camiseta hubo un llamado de atención: Ronaldo se quitó su camiseta madridista e hizo su pose de fisicoculturista, afirmando en su gesto que nadie es más poderoso de él.
¿Quieren mayores pruebas que la celebración de Cristiano estaba ligada al triunfo de Messi en el Clásico anterior? Pues tengan presente que había anotado en 11 ocasiones en el Camp Nou, en una serie de triunfos, empates y derrotas y nunca antes había sido sancionado con una tarjeta por su celebración.
Fue un gesto en represalia y por ello fue objeto de una tarjeta amarilla, tal como había sido el caso de Messi cuatro meses atrás por la misma celebración. La diferencia, en este caso, es que faltaba aún mucho tiempo en el partido. Quedaban 10 minutos por jugar tras el gol de Ronaldo, comparado con los 10 segundos que restaban luego de la celebración de Messi.
Cristiano cayó luego de una falta de Samuel Umtiti casi dos minutos después (en lo que debió haber resultado en pena máxima) y el árbitro Ricardo de Burgos Bengoetxea lo juzgó mal. El No. 7 merengue fue oficialmente castigado por haber simulado su caída y se le enseñó su segunda tarjeta amarilla. Cegado y sin pensar por las repercusiones por un abrumador, pero inmaduro sentido de la justicia, el actual dueño del Balón de Oro empujó al juez y fue suspendido por cinco partidos.
Si bien se mostró en plena forma y brillante en esa noche de agosto, al momento del regreso a la acción de Cristiano, el Madrid había tambaleado en empates en casa contra el Valencia y el Levante. Cuánto echaron de menos su capacidad casi inmediata de producir goles vitales en los últimos suspiros de un encuentro.
Ronaldo se mostró fuera de forma y un poco brusco en su regreso, en un enfrentamiento contra el Real Betis y los campeones cayeron 1-0 en casa. Perdieron siete puntos de diferencia a mediados de noviembre, y todo se podía atribuir a la tarjeta roja de Cristiano en el Camp Nou. Lo cual, debido a sus causas, podía ser directamente atribuible al último Clásico de Liga en el Bernabéu de abril.
Entonces, la ventaja de 11 puntos que tiene el Barça tiene en este dramático periodo pre-navideño, con un encuentro más en su haber, se debe en mayor parte a la batalla personal entre Messi y Cristiano. Una batalla a veces consciente, en otras subconscientes.
Sin embargo, dada mi tesis sobre la calidad, entrega y excelencia que vemos en estos cotejos, no permitamos que el drama humano, ni siquiera los errores de juicio, oscurezcan el brillo que podemos ver. No veamos la salchicha y dejemos de lado la chispa.
Estos goles que prepararon el escenario para el encuentro del sábado de forma tan hermosa parecen ser bellos mellizos futbolísticos.
Desde ese momento de abril, cuando Sergio Busquets le pasa el balón a Roberto, y los jóvenes catalanes disparan sus dardos a un espacio no muy lejano al área de penales del Barcelona, el gol veloz y lleno de suspenso que vino después requirió de 14.1 segundos, 11 toques y cuatro jugadores: Roberto, André Gomes, Jordi Alba y Messi.
En el enfrentamiento de agosto, cuando Dani Carvajal bloquea e intercepta el tiro de Messi hacia la zona de penales del Barça, se requirió de 13.9 segundos con 11 toques para anotar. Toni Kroos, Ronaldo, Isco y Cristiano, nuevamente, todos se combinaron para un gol maravilloso.
En definitiva, esto es la esencia de lo que ha hecho al Clásico español, conocido también como El Derbi, un verdadero clásico.
Esta semana escucharán a muchos hablando con respecto al movimiento independentista catalán y las elecciones en la región que se celebrarán con 48 horas de antelación al encuentro. Y el hecho político tendrá que ver con lo que seguramente serán silbatinas fuertes y vehementes, gritos, insultos y abuso desde varias tribunas del Bernabéu hacia los blaugranas.
Se debatirá (con toda razón) del total de tarjetas rojas que tiene Sergio Ramos en su carrera, absolutamente impresionante: 24 en general, 5 de ellas contra el Barça, más las chispas que vuelan cada vez que Ramos y Gerard Piqué se enfrentan en la cancha.
También habrá una cascada interminable de preguntas si el Madrid estará oficialmente fuera de la carrera por el título si pierden este partido y quedan a 14 puntos por debajo (la respuesta: Sí).
¿Se nos recordará una o dos veces que los blancos son campeones de España, Europa y el Mundo? Espero que sí. Tales reconocimientos no se ganan fácilmente.
El debate de la previa también girará en torno a este hecho: La última vez en la cual ambos se enfrentaron, la Súper Copa, fue una humillación completa y absoluta para el Barcelona, con Ernesto Valverde habiendo asumido poco tiempo atrás el puesto de director técnico. El resultado global del doble partido quedó 5-1 porque el Madrid, de forma curiosa, desaceleró en la segunda mitad del periodo final.
No obstante, si de algo podemos estar seguros es de aquello que ninguna otra cosa podrá eclipsar: este enfrentamiento nos dará mucho. Siempre lo hace.
Ocho de los 20 primeros jugadores en la votación del Balón de Oro de 2017, salvo cualquier traspiés esta semana (por ejemplo, el Madrid está siendo sumamente cuidadoso con Ronaldo), engalanarán el hermoso césped del Bernabéu, cuidado por otro importado galáctico: el inglés Paul Burgess. Él, al igual que aquellos que juegan en la sublime superficie, es la élite de la élite.
Por ende, donde quiera que se encuentre en el mundo y sin importar los colores del equipo de sus amores, si ama al fútbol, si ansía ver calidad, brillo y drama garantizados, haga espacio en su agenda este sábado para ver el Clásico español.
Si Franklin estuviese hoy con nosotros, se sentaría en la tribuna central. Y, si me atrevo a parafrasearlo, diría: “Nada es más seguro en la vida que la muerte, los impuestos o El Clásico, con la excepción que ¡El Clásico es MUCHO más divertido!”
