¿Mark McGwire superó el estigma de los esteroides tras su retiro?

Mark McGwire irá a la tumba con una letra escarlata tatuada en su pecho. No por adultero y sí por su vinculación admitida de uso de esteroides para aumentar el rendimiento deportivo.

"Estoy seguro de que la gente se preguntará si hubiera podido conectar todos esos jonrones si nunca hubiera tomado esteroides", dijo en una ocasión McGwire. "Tuve años buenos cuando no tomé ninguno y tuve años malos cuando no tomé ninguno. Tuve años buenos cuando tomé esteroides y años malos cuando tomé esteroides. Pero no importa qué, no debería haberlo hecho y lo siento de verdad".

Los tiempos cambian, pero no lo suficiente como quisiéramos. Los esteroides irremediablemente serán el sujeto en la historia del expelotero estadounidense, una de las grandes estrellas del deporte en la década del 90, y sus hazañas los complementos.

De nada, o de muy poco, sirven en su caso el paso del tiempo, sus justificaciones y los 583 jonrones que conectó.

"No hay una pastilla o una inyección que me vaya a dar, o que le dé a cualquier jugador la coordinación mano-ojo para batear una pelota de béisbol", dijo McGwire en 2010 después de confirmar lo que era de conocimiento público desde que el cubano José Canseco destapó todo el escándalo de uso de anabolizantes en el deporte de las bolas y strikes en 2005 con su libro 'Juiced: Wild Times, Rampant 'Roids, Smash Hits & How Baseball Got Big'.

"No sabes que alguna vez tendrás que hablar sobre el esqueleto en tu armario a nivel nacional", reconoció el expelotero que jugó 16 temporadas en las Mayores (1986-2001). "Hice esto por motivos de salud. No hay forma de que lo hiciera para ningún tipo de uso de fuerza".

¿Por motivos de salud? ¡Realmente! Más creíbles son sus declaraciones de que lo hizo porque quería "demostrar que valía su salario multimillonario".

Tampoco sus acciones limpiarán su imagen, como la vez que llamó a la viuda de Roger Maris para disculparse por haber roto el récord de jonrones en una temporada de su esposo (61) mientras usaba esteroides o el propio hecho de confesar su delito nueve años después.

Mira el documental de ESPN sobre la legendaria carrera de jonrones entre Mark McGwire y Sammy Sosa en 1998: Long Gone Summer

Si bien Canseco aseguraba en su manual del delator que el "85 por ciento" de los peloteros de ligas mayores utilizaban sustancias prohibidas para aumentar el rendimiento, y lo que es parejo no es ventaja, el ex Oakland Athletics (1986-1997) y St. Louis Cardinals (1997-2001) no superará el estigma que comparte con otros renombrados colegas como Jason Giambi, Alex Rodríguez, Roger Clemens, Andy Pettitte y Barry Bonds, entre otros.

"Ojalá nunca hubiera jugado durante la era de los esteroides", dijo en una ocasión McGwire a AP.

Para él, no solo las puertas del Salón de la Fama de Cooperstown están cerradas, sino su prestigio entre los periodistas de la Asociación de Escritores de Béisbol de América, quienes otorgan los votos hacia la inmortalidad.

Desde que se volvió elegible en 2007 -se retiró en 2001-, y durante un periodo de 10 años en la boleta, su tope de votos fue del 23.7 por ciento en su primer año y en 2016, su último presencia, apenas alcanzó el 12.3 % de los votos.

El legado de McGwire siempre será cuestionado. Lo ha sido después de su retiro y lo será después de su muerte. Él, y nadie más que él, provocó con sus acciones que la opinión pública y los expertos le colocaran la indeseada letra escarlata.

Al menos le quedan los recuerdos de sus momentos de gloria (Novato del Año 1986, 3 Bates de Plata, 12 Juego de Estrellas y campeón de la Serie Mundial 1989), cuando pocos sabían de su propensión a tomar atajos, y una cuenta de débito en la que ingresó alrededor de $75 millones.