La Utilita Arena de Birmingham pareció estallar. Lo que se anunciaba como una victoria inevitable de Ben Whittaker terminó siéndolo, pero de la manera menos esperada. Ante el australiano Conor Wallace, estuvo sentido, tambaleante y perdido durante los últimos dos asaltos, luego de haber ganado prácticamente todos los anteriores.
Ganó, pero ese final dejó una gran serie de dudas. El ganador -que ahora tiene 13 triunfos, 9 por la vía categórica y un empate- tuvo mucho trabajo en frenar a un boxeador que, cuando se decidió a tirar golpes, lo tuvo a maltraer.
Mientras el público ya empezaba a hablar de una revancha -de la que se hizo también eco el promotor Eddie Hearn-, el australiano, que suma ahora un récord de 17 combates ganados, 12 por la vía categórica y 2 derrotas, celebró ese contraste como si fuera una victoria.
No se sabe si habrá revancha, porque una cosa es la promesa hecha en el ring y en caliente, y otra la frialdad con la que se analizan los negocios. Pero quedó en claro que Whittaker deberá analizar seriamente lo ocurrido en Birmingham.
Ganó claramente. Sin embargo, para un juez hubo solamente 2 puntos a su favor con 115 a 113, otro falló 116- 112 mientras que la tercera tarjeta, la más amplia y al mismo tiempo más cercana a la realidad, se quedó en un 117 -111.
En nuestra tarjeta Whittaker ganó todos los rounds del primero al décimo y perdió solamente los dos últimos que, como queda dicho, fueron dramáticos para él, aunque no hubo caídas y sí en cambio, una situación que lo tuvo cerca del nocaut.
El británico, con sus clásicos movimientos que no están en ningún libro de boxeo, con sus miradas a los costados y con su andar por momentos en cámara lenta, dominó ampliamente los rounds iniciales ante un boxeador estático, zurdo, con pocas ideas y planes.
En la segunda parte de la pelea si bien 'El Cirujano' siguió ganando, dejó la duda de por qué no apelaba a alguna descarga que -por lo menos- hiciera pensar en un nocaut, que era lo que esperaba la mayoría del público. Asistieron once mil espectadores.
En el décimo asalto Wallace conmovió a Whittaker con una mano me llegó justa al mentón y allí comenzó un suplicio, en donde llegó a palpitarse la catástrofe.
La última vuelta fue dramática porque Whittaker, amarrándose a su rival de forma desesperada, anduvo tres veces por el suelo, amarrando a un rival que no logró tener la distancia o la frialdad o la puntería suficientes como para definir la pelea categóricamente.
Cansado y confundido Whittaker se llevó una victoria que nadie podría discutir por lo menos en cuanto a la estadística. Se lo vio errático agotado y muy lejos de la postura ganadora, que se puede llegar a confundir en su exceso de confianza, con fanfarronería.
La pelea fue eliminatoria de campeonato mundial de la FIB, lo cual significa que debería enfrentar ahora a Dimitri Bivol.
El fenómeno Whittaker quedó crudamente expuesto sobre el final, a la hora de sufrir y que a veces -como suele pasar los récords con victorias acumuladas ante rivales de menor jerarquía- dejan poca enseñanza.
Esta fue una noche en donde la victoria se logra dejando un amargo sabor entre los aficionados al boxeo, y la necesidad de replantear seriamente el futuro de quien hoy es candidato a ser estrella, pero que sufrió como pocas veces en su breve carrera profesional.
