Rigo Plascencia: El deporte colegial ya no cabe en el campus

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Wings aplastan a Fire y amarran el último pasaje a los playoffs (2:57)

De Lambeau Field a Dublín o un portaaviones: cómo las universidades estadounidenses transformaron escenarios icónicos en postales globales para llevar su deporte más allá del campus.


El 20 de febrero de 2027, la famosa Frozen Tundra dejará de ser solamente una metáfora. Lambeau Field, hogar de los Green Bay Packers y uno de los templos más respetados de la NFL, cambiará las yardas por una pista de hielo para recibir el Travel Wisconsin Frozen Tundra Faceoff, una doble cartelera de hockey colegial que reunirá a Wisconsin, Michigan y Ohio State. Será el regreso de este deporte al inmueble por primera vez desde 2006 y otra demostración de que al deporte universitario estadounidense ya le quedaron chicas las fronteras tradicionales del campus.

La jornada tendrá primero el duelo femenino entre Wisconsin y Ohio State, dos programas que se han repartido los últimos siete campeonatos nacionales y que se enfrentaron en las cuatro finales más recientes. Después aparecerán Wisconsin y Michigan en el encuentro masculino, universidades que suman 15 títulos de la NCAA. No será una exhibición decorativa inventada para tomarse fotografías bonitas: habrá rivalidades, campeonatos y cuentas pendientes sobre una pista colocada dentro de un estadio con capacidad para más de 81 000 aficionados. Lambeau ya recibió hockey en 2006, cuando Wisconsin venció 4-2 a Ohio State; dos décadas después, la apuesta será todavía más grande.

Cuando el escenario también juega

Durante años, las universidades construyeron su identidad alrededor de sus propios gimnasios, estadios y auditorios. Ahí viven sus estudiantes, bandas de música, mascotas y tradiciones. Sin embargo, el deporte colegial entendió que proteger la casa no significa quedarse encerrado en ella. Para ampliar su afición necesita abandonar ocasionalmente la comodidad de su sede habitual, apoderarse de escenarios inesperados y presentar un producto capaz de llamar la atención incluso de quienes todavía no distinguen a un Badger de un Buckeye.

Nebraska ofreció la prueba más contundente el 30 de agosto de 2023. Su equipo femenil de voleibol dejó el Bob Devaney Sports Center y se trasladó al Memorial Stadium, casa del fútbol americano de los Cornhuskers. El resultado fue una multitud de 92 003 aficionados para el partido ante Omaha. No fue únicamente un récord de la NCAA: superó la marca mundial de asistencia para un evento deportivo femenil, que pertenecía al Barcelona-Wolfsburg de la Champions League con 91 648 espectadores. El voleibol colegial convirtió un estadio de fútbol americano en una postal mundial.

Lo verdaderamente importante es que el fenómeno no terminó aquella noche. La final nacional de 2024 entre Penn State y Louisville reunió a 21 860 personas en el KFC Yum! Center, récord para un partido colegial de voleibol bajo techo. En septiembre de 2025, Nebraska y Creighton llevaron a 17 675 aficionados al CHI Health Center de Omaha para establecer otra marca de temporada regular en un inmueble cerrado. El partido de 92 000 personas no fue una extravagancia aislada: abrió una puerta, elevó las expectativas y confirmó que había una afición esperando una invitación más grande.

Del campus a un portavoces

El básquetbol también se atrevió a cambiar duela por cubierta de vuelo. El 11 de noviembre de 2011, North Carolina y Michigan State disputaron el Carrier Classic sobre el USS Carl Vinson, un portaaviones activo de la Marina estadounidense anclado en San Diego. El presidente Barack Obama estuvo junto a la cancha y los Tar Heels ganaron 67-55. El marcador terminó siendo casi lo de menos: aquel partido unió deporte, fuerzas armadas, televisión y espectáculo en una imagen que ningún gimnasio universitario podía reproducir. Fue básquetbol colegial disputado, literalmente, sobre el mar.

El experimento tuvo imitaciones y también recordó que la imaginación no derrota a la naturaleza. El viento altera los tiros, la humedad provoca condensación y la sal puede transformar la duela en una pista resbalosa. Algunos encuentros posteriores fueron retrasados o cancelados porque, aunque la mercadotecnia aguanta casi todo, los tobillos de los jugadores no. Esa es una parte indispensable de la ecuación: el escenario debe enriquecer el espectáculo sin convertir a los deportistas en extras de una superproducción.

El Final Four varonil tomó otro camino y convirtió los estadios de fútbol americano en su residencia habitual. Una cancha elevada cerca de la yarda 50 permite vender decenas de miles de boletos adicionales y transformar las semifinales y la final en una celebración nacional. El precio se paga en las tribunas más lejanas, desde donde un jugador de dos metros puede parecer una pieza de ajedrez. También existen problemas de profundidad para los tiradores y se pierde parte del ruido encerrado de las viejas arenas. Pero el mensaje comercial es evidente: la NCAA prefiere un espectáculo de 70 000 personas a uno más íntimo de 20 000.

Una tradición que comenzó cruzando fronteras

Aunque ahora parezca una moderna estrategia de expansión, el fútbol americano colegial juega fuera de Estados Unidos desde antes de que existieran la televisión, los derechos de transmisión y los departamentos de mercadotecnia. Harvard y McGill comenzaron en 1874 una serie que incluyó encuentros en Cambridge y Montreal. Aquellos partidos fueron fundamentales para incorporar elementos del rugby al naciente fútbol americano. En 1907, LSU viajó a Cuba para enfrentar a la Universidad de La Habana, iniciando otra ruta internacional cuando trasladar uniformes y jugadores era bastante más complicado que subirlos a un vuelo chárter.

Japón apareció como un mercado particularmente atractivo durante las décadas de 1970, 1980 y principios de los noventa. El Mirage Bowl y posteriormente el Coca-Cola Classic llevaron partidos de temporada regular a Tokio con universidades como UCLA, Oregon State, Notre Dame, Miami, Clemson y Nebraska. No se trataba simplemente de organizar una excursión universitaria: los equipos transportaban sus bandas, porristas, símbolos y rituales para presentar al público japonés el paquete completo de los sábados colegiales.

Toronto también tuvo su turno con el International Bowl, disputado entre 2007 y 2010, mientras que Nassau recibe desde 2014 el Bahamas Bowl. Esos encuentros comprobaron que la internacionalización puede servir tanto para abrir mercados como para regalarles a los jugadores una experiencia difícil de repetir. Sin embargo, el éxito no siempre se mide únicamente por las tribunas llenas. En ocasiones, la televisión, la exposición institucional, el turismo y la captación de nuevos estudiantes pesan tanto como el número de boletos vendidos.

Dublín terminó convirtiéndose en la sede internacional más constante. El Aviva Stadium ha recibido a Notre Dame, Navy, Nebraska, Northwestern, Georgia Tech, Florida State, Kansas State, Iowa State, TCU y North Carolina. En 2024, Georgia Tech sorprendió 24-21 a Florida State; en 2025 llegó el Farmageddon entre Iowa State y Kansas State, y el 29 de agosto de 2026 North Carolina derrotó 15-10 a TCU bajo la lluvia. La defensa de los Tar Heels dejó sin puntos a los Horned Frogs durante los últimos 49 minutos y limitó su ofensiva a menos de 300 yardas. Fue el primer partido internacional para ambas universidades, pero no otra prueba experimental para una ciudad que ya adoptó el fútbol americano colegial como parte de su calendario.

El siguiente territorio será Londres. El 19 de septiembre de 2026, Arizona State y Kansas tienen programado disputar el primer Union Jack Classic en Wembley, uno de los estadios más reconocidos del planeta. La propuesta no se limitará al juego: incluirá tailgate, bandas universitarias, porristas y espectáculo de medio tiempo. La intención es exportar toda la experiencia cultural de un sábado colegial, no presentar cuatro cuartos aislados ante una audiencia que desconoce sus tradiciones.

Abrir fronteras no garantiza llenarlas

Sin embargo, colocar un partido en otro país no garantiza que los aficionados aparezcan por generación espontánea. NC State y Virginia debían enfrentarse el 29 de agosto de 2026 en el Estadio Nilton Santos de Río de Janeiro, en lo que habría sido el primer partido de fútbol americano colegial de la máxima división disputado en Sudamérica. La operación no pudo concretarse y el encuentro regresó a Charlottesville después de una revisión logística con organizadores y autoridades internacionales. El ambicioso estreno sudamericano terminó nuevamente en Scott Stadium.

También hubo reportes de una venta lenta de boletos y paquetes de viaje que alcanzaban casi cinco mil dólares. Ahí apareció la lección menos romántica: conquistar nuevos mercados exige conocerlos, fijar precios realistas y construir afición antes de pretender cobrarle como si llevara generaciones comprando abonos. El deporte colegial posee tradiciones extraordinarias, pero no puede empacarlas en una maleta, bajarlas del avión y esperar que 50 000 personas entiendan inmediatamente por qué una cuarta oportunidad puede importar más que una final profesional.

Por eso el Frozen Tundra Faceoff parece una apuesta especialmente sólida. Lambeau Field no es un escenario colocado al azar sobre un mapa; está en Wisconsin, representa la cultura deportiva del estado y cuenta con un invierno que prácticamente pide hockey. Además, presenta rivalidades auténticas y algunos de los programas más ganadores del país. El inmueble atraerá las miradas, pero serán los equipos los encargados de justificar el boleto. Esa es la diferencia entre fabricar una escenografía y construir un acontecimiento.

El deporte colegial estadounidense comprendió que la tradición no es una pieza de museo. Puede viajar de Boston a Montreal, cruzar el océano hasta Tokio, instalarse sobre un portaaviones, congelarse en Lambeau, aterrizar en Dublín o reunir a 92 000 personas alrededor de una cancha de voleibol. Salir de casa implica riesgos, pero también permite que alguien llegue por curiosidad, conozca los colores de una universidad y termine convertido en aficionado para toda la vida.

Y precisamente ahora, cuando coinciden el fútbol americano, el voleibol y el soccer, mientras se preparan para entrar en escena el básquetbol y el hockey, existe una magnífica oportunidad para sumergirse en esta cultura. Los escenarios podrán cambiar y las fronteras seguirán ampliándose, pero la pasión universitaria permanecerá intacta. El deporte colegial puede seguirse a través de ESPN y Disney+, porque para conocer este fenómeno ya no hace falta entrar a un campus: basta encontrar el próximo lugar que la NCAA decida convertir en su nueva casa.