En sus 17 años con la Selección Uruguaya, nada marcó tanto a fuego a Luis Suárez como la sanción que recibió en el Mundial de 2014. Repasamos cómo se dio ese doloroso episodio para el Pistolero, y cuáles fueron las palabras del Maestro Tabárez que nunca olvidará.
A Barcelona, Luis Suárez llegó a mediados de 2014 con el objetivo de ganarse un lugar en uno de los mejores equipos del mundo, que había pagado 81 millones de euros por su fichaje. Pero para empezar a conseguirlo debía esperar un tiempo. A raíz del mordisco a Giorgio Chiellini en el partido jugado el 24 de junio entre Uruguay e Italia por la Copa Mundial Brasil 2014, la FIFA lo había suspendido por nueve partidos de selección y por cuatro meses para “ejercer cualquier clase de actividad relacionada con el fútbol”. No solo eso. También le prohibió el ingreso a todos los estadios del mundo y a los recintos de entrenamiento de su club.
Lo que pasó aquella tarde en la ciudad brasileña de Natal marcó a Suárez como jugador, las horas posteriores lo marcaron como padre. “No quería aceptar la realidad. Se lo negaba hasta a Sofi [su esposa], y ella me decía ‘a mí no me mientas’. Viví momentos complicados”, confiesa el jugador. Y recuerda: “Cuando me dicen que me tengo que ir del Mundial, Sofía estaba con Benjamín y Delfina [sus hijos] en otro hotel con las valijas prontas para ir a Río de Janeiro, donde íbamos a jugar contra Colombia. Delfi estaba con amiguitos, hijos de otros compañeros, ilusionados con ver el próximo partido. ¿Cómo hacía para llamar y decirles que nos volvíamos a Uruguay?”. Pero tuvo que hacerlo.
Apenas unas horas antes, Uruguay le había ganado a Italia y clasificado a octavos de final de forma agónica. Quienes estuvimos en el estadio vimos la jugada como una más, incluso quedó en el olvido minutos después, cuando Diego Godín anotó de cabeza el único gol del partido. Tras el pitazo final, el estadio Arena das Dunas de Natal fue una locura. Los jugadores saltaban en la cancha, los 10 mil hinchas uruguayos deliraban en la tribuna, los periodistas nos enorgullecíamos en los pupitres. La selección estaba mejor que nunca. Recuperada, enhiesta, eufórica.
Algunos minutos después, todos supimos que el resultado era lo menos importante. Cuando bajé al centro de prensa para escribir la crónica del partido, el único tema era el mordisco de Suárez. Salvo los uruguayos y los italianos, todos hablaban de eso. Por la noche, los informativos brasileños abrían su edición central con la jugada y reclamaban penas severas para el jugador uruguayo.
A la mañana siguiente decidí ir al hotel donde se hospedaba la selección a esperar al plantel, que se ejercitaba a puertas cerradas en una cancha del centro de Natal. Nos quedamos en la vereda, a la espera de la delegación. Sobre el mediodía, justo cuando dos motos abrían el camino del ómnibus celeste y un helicóptero sobrevolaba el hotel, llegó por mail la notificación oficial de FIFA con la sanción a Suárez. Nunca había visto tanta decepción junta en un equipo de fútbol. Los futbolistas estaban derrumbados, sin respuesta.
El último en bajar del bus fue Suárez, quien tras meterse en el lobby volvió a divisarse en el pasillo camino a su habitación. Después supe que recogió sus cosas y caminó hacia la habitación de Edgardo “Minguta” Di Magio. La estrella fue en busca del último abrazo con el utilero. Juntos lloraron por la despedida. Suárez siguió rumbo al encuentro con el fisioterapeuta Walter Ferreira, uno de los máximos responsables de que pudiera jugar en el Mundial. El momento fue conmovedor.
“Fue una desilusión a todo nivel, me preguntaba a mí mismo por qué. Los momentos que viví con Walter en ese Mundial fueron únicos y haberlo defraudado a él, después de todo lo había hecho para que yo llegara a jugar, me duele, me molesta, me calienta aún hoy, porque siento que no le pagué a Walter como le tenía que haber pagado. Lo mismo con Minguta, que también la ha pasado mal. Por esa gente yo siento mucho cariño”.
Veintiocho días antes de sus dos goles ante Inglaterra por el segundo partido de la serie, Suárez había salido en silla de ruedas de una operación de meniscos. El país entero estaba en vilo por su recuperación. A diario se informaba de su estado. Fue Ferreira quien le aconsejó al futbolista que dejara las muletas poco después de la operación. “Empezá a caminar”, le dijo. Luego siguió su rehabilitación minuto a minuto, tanto en la casa de Suárez como en el Complejo Uruguay Celeste. Por esto, tras la hazaña contra Inglaterra, Suárez afirmó: “Si no fuera por él, no estaría acá”.
La sensación de haber defraudado a Ferreira, quien en ese momento ya peleaba contra un cáncer del que murió el 3 de enero de 2016, perturbó a Suárez, que siente que quedó en deuda.
La FIFA lo trató como si además de haber cometido una ilicitud dentro de la cancha, fuera un apestoso. Y no solo lo echó del Mundial. También lo expulsó de Brasil. De regreso en Uruguay, Suárez se refugió junto a su esposa y sus hijos en la casa que tiene en la Costa de Oro del departamento de Canelones. “Me costó mucho ver las imágenes. Me acuerdo que fui y me encerré en mi casa y no quería saber de nada”.
Pero hubo un momento que Suárez sí vio y que cuatro años más tarde, durante la charla que tuvimos en la Ciudad Deportiva del Barcelona, aún lo emocionaba: la conferencia de prensa posterior a la sanción que dio el maestro Tabárez en el estadio Maracaná. Si ya de por sí las conferencias de Tabárez despertaban interés en la prensa internacional, la del 26 de junio de 2014 generó una expectativa superior aún. Más de 500 personas estaban en la sala del Maracaná.
Tabárez llegó acompañado por el jefe de prensa de la selección, Matías Faral, y se enfocó en un “tema excluyente” por el que se mostró “conmovido”. Habló 13 minutos sin aceptar preguntas. Dijo que el fallo era de una “severidad excesiva”, anunció la renuncia a su cargo en la Comisión de Estrategia de FIFA porque “no es prudente coincidir con personas que presionaron para promover este fallo, que lo sancionaron, que manejan criterios y valores muy diferentes a los que yo creo tener”. Luego le habló a “Luis Suárez persona”: “Es la que ha convivido con nosotros siempre y la conocemos más que nadie. El camino que ya ha recorrido, que es arduo, lo debe recorrer nuevamente, intentando. Pero ya adelantarle que jamás va a estar solo en ese intento”.
Cuando el técnico acabó la conferencia y se levantó, surgió espontáneo un aplauso cerrado de todas las personas que estaban en la sala. A kilómetros de ese lugar, frente al televisor de su hogar uruguayo, Suárez se conmovió con la declaración de Tabárez: “Me largué a llorar. No podía creer lo que estaba haciendo el Maestro. Lo primero que hice fue escribirle y agradecerle por todo, él no tenía por qué decir lo que dijo ni hacer lo que hizo. Fue una demostración más de la confianza, del cariño que tiene hacia mí y eso no me lo voy a olvidar nunca”.
El tormento que siguió a partir de ese momento para Suárez excedió lo deportivo. A la sanción que le impedía jugar por su club durante cuatro meses y por su selección durante casi dos años, se le agregó que debía responderle a una de las tres personas que más le importan en el mundo. “Viví momentos complicados. En la Copa América soñaba con que mi hija dijera ‘mi papá es campeón de América’ y ahora sucedía al revés. Traté de estar lo más fuerte posible, pero me sentía más culpable todavía porque ella estaba sufriendo por mi culpa. Me preguntaba: ‘¿Papá, por qué no estás jugando?’ Y yo le decía que era por la rodilla. Y me sentía mal porque le estaba mintiendo. Hasta que vinieron personas especializadas y me dijeron: ‘Contale, porque tu hija se piensa que tiene un padre perfecto y el padre es un ser humano como cualquiera, que comete errores’. Ahí fui y le conté que papá había mordido y que se había equivocado. Fue un momento difícil, pero también sirvió para que mi hija no piense que su papá es una estrella sino que es un ser humano. Y después que le conté no habló más del tema ni pidió más explicaciones”.
En base al libro Nuestra generación dorada, de Diego Muñoz. Publicado en mayo de 2018.
