Con Chad Tracy al mando, Boston transformó una temporada que parecía perdida y aseguró su lugar en la postemporada
ARLINGTON, Texas — La escena parece sacada de una película de espías ambientada en un estadio de ligas menores: se juega la parte baja de la cuarta entrada en el Polar Park de Worcester y al mánager le informan discretamente que debe ir al túnel, pero con cuidado de no despertar sospechas. Le entregan un teléfono —el suyo está en su oficina— y la persona al otro lado de la línea le indica que vaya hasta allí, cierre la puerta y use su propio teléfono para hacer otra llamada. No le dan ninguna pista, solo instrucciones.
Todo era muy clandestino, quizá innecesariamente, pero Chad Tracy hizo lo que le dijeron. De pie en el túnel, terminó la llamada con Brian Abraham, director del sistema de ligas menores de los Boston Red Sox, le devolvió el teléfono al entrenador de habilidades mentales Jake Chaplin, recorrió el túnel hasta el clubhouse, entró en su oficina y cerró la puerta.
En el terreno, el receptor de Worcester Mickey Gasper, ahora convertido en un incipiente ídolo de la afición de Boston, miraba a su alrededor y se preguntaba dónde demonios se había metido su mánager.
“Estábamos en pleno juego y no estaba en el dugout”, recuerda Gasper. “Estaba confundido: ‘Oigan, ¿dónde está nuestro mánager? ¿Alguien lo ha visto?’”.
Siguiendo las instrucciones, Tracy había llamado a su jefe, Craig Breslow, máximo responsable de operaciones de béisbol del equipo. Breslow le informó que habían despedido al mánager Alex Cora y a otros cinco entrenadores. Tracy había sido elegido para reemplazar a Cora a partir del día siguiente, el 26 de abril, en Baltimore.
Tracy asimiló la noticia y se dejó caer en su silla. A los 40 años había llegado a la cima de su profesión, a uno de apenas 30 puestos en todo el mundo, y entre los muchos pensamientos que se arremolinaban en su cabeza, uno se imponía con claridad: ¿está bien sentirse feliz?
“Puedes trabajar 20 años en esto y nunca recibir esta oportunidad”, dijo Tracy esta semana, sentado en el dugout de tercera base del Globe Life Field de Arlington. “Estaba tratando de equilibrar esas emociones: triste por mis colegas y amigos que acababan de perder sus empleos, y eufórico por la oportunidad que tenía por delante”.
No tuvo tiempo de elaborar una estrategia; simplemente voló a Baltimore para dirigir su primer juego e intentó esbozar un plan durante el trayecto. Los Red Sox eran un desastre; de lo contrario, él no habría estado allí. Sabía que debía hablar con el equipo y con el recién reorganizado cuerpo técnico. Sabía que la comunicación con algunos veteranos se había deteriorado por el estilo de Cora al dirigir, así que también debía mantener reuniones individuales.
Aquella mañana de domingo se plantó frente al equipo, apenas 15 horas después de dejarse caer en la silla de su oficina, y observó a 26 peloteros frustrados. Tenían marca de 10-17 y estaban frustrados, algo que Tracy interpretó como una buena señal, porque la frustración es mucho mejor que la resignación. Calculó que tenía cinco minutos para encontrar las palabras adecuadas, o al menos evitar las equivocadas, porque, aunque ya había dirigido a muchos de ellos en Triple-A, esto era completamente diferente.
“No estoy aquí para entrar derribando la puerta”, les dijo. “No voy a llegar a la fuerza y empezar a cambiarlo todo. Estoy aquí para ayudar”.
No dijo nada sobre béisbol. “Ni sobre nuestro récord”, contó la semana pasada, “ni sobre tácticas, ni sobre fundamentos, ni sobre toques de bola. Nada de eso”. Tracy tiene una apariencia amigable que no intimida, pero una voz sorprendentemente autoritaria. La visera de su gorra queda a la altura de las cejas, como si le quedara un poquito grande, y su barba recortada le da el aspecto de alguien salido de un catálogo de ropa para actividades al aire libre.
“Me dije: ‘Asegúrate de salir de esa sala y que todos se queden como: ahhh’”. Aquí se detiene, toma aire y suelta un profundo suspiro antes de continuar. “Si lograba que soltaran ese suspiro de alivio y dijeran: ‘Va a tomar tiempo, pero vamos a estar bien’. De eso se trataba aquella reunión para mí”.
Al retirarse, con la sensación de haberlo conseguido, sabía que le esperaba una tarea más difícil: convencer a 26 hombres de que un equipo que no había logrado nada podía conseguir cualquier cosa.
NO OCURRIÓ de inmediato, ni siquiera con especial rapidez. A finales de junio, los Red Sox estaban 14 juegos por debajo de .500 y eran el peor equipo de la Liga Americana después de perder dos de tres encuentros ante los Colorado Rockies. Todo indicaba que estaban acabados.
Y entonces su temporada cambió en la pista de un aeropuerto.
No podían salir de Denver ni bajarse del avión, así que permanecieron allí durante varias horas, esperando que mejorara el tiempo y la aeronave pudiera despegar. Pasaban las horas y el avión seguía inmóvil, pero nadie dentro podía quedarse quieto. Todos estaban de pie: los jugadores caminaban desde la parte trasera hacia la delantera y el personal iba en sentido contrario. Reían, gritaban y soltaban malas palabras, una gran mezcla de personalidades, funciones y edades, una oportunidad poco habitual para derribar barreras y acompañarse en la desgracia compartida.
“Cuando te quedas atrapado en un tubo de metal con otras personas durante quién sabe cuántas horas, no te queda más remedio que bromear y gritar por ello”, dijo Tracy. “Y resulta que eso te une. Sabíamos que podíamos usarlo como excusa si no jugábamos bien esa noche, o como una razón por la que el grupo se había unido”.
Muchos aspectos de la vida de un pelotero son fáciles. Se lo proporcionan todo. Los viajes son de primera clase, sin filas para pasar los controles de seguridad, y los hoteles son lujosos. Los clubhouses parecen aposentos reales: después de un juego tiran la ropa sucia al suelo y al día siguiente reaparece colgada en sus casilleros, con olor a detergente. Arrojan sus zapatos de juego en un carrito después de cada partido y, al regresar, los encuentran relucientes y perfectamente alineados. Hay chefs y masajistas, batidos preparados a medida y M&M’s de todos los sabores. Alguien carga sus maletas en un autobús y estas aparecen como por arte de magia en sus habitaciones de hotel.
La adversidad suele definirse por lo que ocurre en el terreno. Una lesión, una racha de derrotas, cuatro o cinco juegos sin conectar un hit. Esto, sin embargo, se parecía a la vida real, como si les hubieran quitado los lujos de su profesión y los hubieran abandonado al borde del camino. El avión permaneció tanto tiempo en la pista que no llegaron a Boston hasta las seis de la mañana. Faltaban menos de 13 horas para el primer lanzamiento de una serie de cuatro juegos contra los Yankees. Fueron a sus casas, intentaron dormir un rato y después se dirigieron a Fenway. Ganaron aquella noche y luego los siguientes tres encuentros contra los Yankees para completar la barrida. Decidieron que les gustaba tanto ganar que prolongaron la racha hasta 15 victorias consecutivas e iniciaron un tramo de 32-5 que incluyó otra seguidilla de 10 triunfos.
“Nos bajamos de aquel avión y todo cambió”, dijo Tracy. “Por la razón que fuera. Todo”.
En aproximadamente 50 días, los Red Sox pasaron de ser el peor equipo de la Liga Americana a tener prácticamente asegurado uno de sus puestos de comodín. El domingo sellaron esa clasificación a la postemporada. Ganaron de todas las formas imaginables. Anotaron temprano, anotaron tarde, hicieron jugadas defensivas espectaculares y su bullpen, el mejor de la liga, cerró un partido tras otro. Willson Contreras siguió irritando a los rivales y conectando jonrones. Caleb Durbin pasó de ser uno de los peores jugadores de la liga —“lo estaban haciendo pedazos”, dijo Tracy— a construir una temporada con un WAR superior a 4. Aroldis Chapman, con 38 años y en su temporada número 17, siguió lanzando más fuerte y con mayor precisión de lo que dictaría la lógica. Payton Tolle y su alegría se ganaron un lugar en las historias que la afición de los Red Sox recordará.
Una temporada que parecía perdida, cuyo único hecho relevante era el inesperado despido de Cora, adquirió una trama completamente nueva. Los Red Sox, aquel grupo apagado de piezas que no encajaban y jugadores que rendían por debajo de las expectativas, se convirtieron en un equipo divertido.
NADIE ES MÁS divertido, ni se divierte más, que el abridor zurdo novato Payton Tolle. Los tenis de su casillero tienen escrita la palabra “GOT” en el talón izquierdo y “JOY” en el derecho: un mensaje sobre tener alegría. Es uno de los muchos homenajes a su madre, Jina, quien murió hace menos de tres años tras una larga lucha contra el cáncer. Payton, un alma vieja en un cuerpo de 23 años, es el tipo que abraza a todo el mundo, incluso a un corredor con el que se cruza camino a primera después de un batazo suave hacia el montículo, y que hace una flexión de brazos después de caerse al lanzar. Provoca sonrisas involuntarias con solo caminar por ahí. Por eso es fácil pasar por alto que su alegría —esa alegría desbordante, desenfrenada, de “nos pagan por hacer esto”— tiene sus raíces en la superación del dolor.
“Mi mamá hablaba mucho sobre la alegría”, dijo, “y esa es un poco mi forma de vivir. Es algo a lo que siempre vuelvo, algo que me ayuda a poner las cosas en perspectiva. Algo que la mantiene aquí conmigo”.
Además, es muy bueno, el mejor lanzador novato de la Liga Americana, y su irrupción ha ayudado a amortiguar la ausencia del as Garrett Crochet. Tolle mide 1.98 metros y pesa unos 113 kilos, lo que lo hace destacar en un equipo con una cantidad inusual de hombres de cuerpos bajos y robustos: Gasper, Durbin, Wilyer Abreu y Jahmai Jones. Todo en Tolle es grande: su recta, su personalidad, su bigote.
“Estoy aprendiendo todos los días”, dijo. “Estoy tratando de descubrir qué puedo intentar una vez por juego y qué puedo intentar 100 veces”.
Tolle comenzó el partido del 13 de septiembre contra los Royals ponchando a Nick Loftin y Bobby Witt Jr. con seis lanzamientos, todos entre 96 y 98 millas por hora. Lanzó otras dos rectas para poner la cuenta en 0-2 ante Jac Caglianone, a un strike de completar una entrada inmaculada. Se colocó sobre la goma, respiró profundamente dos veces y miró de reojo hacia el dugout de los Red Sox. Sonrió, ensanchando su bigote de morsa, con una expresión a la vez traviesa e inocente. “Miren esto”, parecía decir.
Ya había llegado a ese punto una vez, en la secundaria, y “me tensé un poco y lancé una recta baja”, contó. En las menores también había conseguido siete de los nueve strikes necesarios, así que tenía muy presente la posibilidad de completar una entrada inmaculada incluso antes de sonreírles a todos en el dugout y superar a Caglianone con una recta de cuatro costuras a 98 millas por hora.
“No hay ninguna duda de que estoy pendiente de ese tipo de cosas”, dijo. “Sí, muy pendiente, probablemente demasiado”.
SIEMPRE ES DIFÍCIL identificar el momento exacto, o la serie de momentos, que cambia el rumbo de una temporada. Los juegos, las series y las ciudades se mezclan en la memoria y, al final del año, puede parecer que han disputado un solo partido larguísimo que comenzó en marzo. Pero casi todos los integrantes de los Red Sox señalan los problemas de viaje como la fuerza que unió al equipo y transformó su temporada.
“Los aviones definitivamente han dado de qué hablar este año”, dijo Tolle.
Después del tortuoso viaje de Denver a Boston, y poco antes de la pausa del Juego de Estrellas, unos problemas mecánicos en Chicago obligaron a los Red Sox a regresar a sus habitaciones de hotel en lugar de volar a Nueva York para enfrentar a los Mets el 10 de julio. Volvieron al aeropuerto aquella mañana, abordaron el avión y aterrizaron en Nueva York aproximadamente dos horas antes del primer lanzamiento. Fueron directamente en autobús al Citi Field y consiguieron el séptimo triunfo de su racha de 15 victorias.
“Nadie se quejó”, dijo el jugador de cuadro Isiah Kiner-Falefa sobre el encuentro que pasó a conocerse como el juego de “llegar y jugar”. “En esa situación, tienes todo en contra para ganar, pero los muchachos siguieron adelante. Creo que fue el momento que definió la temporada”.
Tolle, como era de esperar, tiene su propia interpretación:
“Cada vez que cuento esto, tengo que sentarme y pensar: ‘¿De verdad pasó?’. Y sí, pasó. Estábamos en Chicago jugando contra los White Sox al principio de nuestra racha de 15 victorias y alguien conectó una pelota por la línea. El umpire levantó las manos para señalar foul y enseguida cambió la decisión a buena. En ese momento pensé: ‘Esto es algo que por fin sale a nuestro favor’. Siento que ese fue nuestro punto de partida: un foul que se convirtió en buena”.
JIM TRACY DIRIGIÓ a tres equipos de Grandes Ligas durante 11 temporadas, entre 2001 y 2012: cinco con los Dodgers, dos con los Pirates y cuatro con los Rockies. A lo largo de todas aquellas temporadas y partidos, su semblante sereno ocultaba la agitación que llevaba por dentro.
Casi todos los jugadores de los Red Sox elogiaron a su hijo, Chad, por lo mismo. Fuentes de la organización señalaron que la calma y la constancia eran las dos cualidades esenciales para cualquiera que aspirara a tener éxito como sucesor de Cora, y parece que Chad Tracy lo consiguió.
“Mantener la calma pase lo que pase”, dijo Kiner-Falefa. “Sin altibajos. Tiene intensidad, pero todos los días es el mismo. Jugamos con todo por él y nuestra manera de jugar refleja lo que pensamos de él”.
Ahora Jim cumple el papel de buen padre, feliz de ver los juegos, apoyar a su hijo y estar disponible si surgen preguntas. “Le planteo ideas, le cuento mis preocupaciones”, dijo Chad. “El béisbol me consume, hombre. Es lo único que hago. Es lo único que me importa. Cuando estamos en la oficina después de una derrota, enseguida pienso: ‘¿Qué podría haber hecho mejor? ¿Qué tenemos para mañana? ¿Cómo podemos ganar mañana?’”.
Cuando le preguntan si esa es una forma saludable de abordar las cosas, responde: “No. Probablemente no”. Pero ahí es donde interviene Jim. “Cuando algo me tiene estresado, tranquiliza escuchar a alguien del otro lado decir: ‘Sí, eso es perfectamente normal. Yo pasé exactamente por lo mismo’”.
(En un momento de una entrevista previa a un juego en Texas, a Chad le preguntaron por el estado del lanzador lesionado Justin Slaten. “Hubo cambios degenerativos en la masa muscular flexora”, dijo Tracy, y no existe la menor posibilidad de que su padre haya pronunciado alguna vez una frase ni remotamente parecida).
Tracy se maneja con una concentración firme que rara vez parece desviarse de lo esencial. Todos en los Red Sox coinciden en que tiene una capacidad extraordinaria para reaccionar de la misma manera después de derrotas terribles y victorias electrizantes. “Una presencia que transmite calma”, dijo Tolle. “Al principio, aquí se escuchaba mucho: ‘¿Qué está pasando?’. Pánico, derrotas y ‘Oigan, ¿adónde se fueron nuestros entrenadores?’. Había muchísima incertidumbre, pero él nunca cambió”.
EN LA ÚLTIMA noche de la serie de tres juegos de la semana pasada en Texas, después de dos derrotas apagadas y sin mayor historia que recordaban a los Red Sox del inicio de temporada, los Rangers llegaron a la octava entrada con ventaja de 3-2 y el cerrador Jacob Latz en el montículo. Durante las primeras 25 entradas de la serie, los Red Sox no habían ofrecido absolutamente ninguna razón para esperar algo espectacular. En el ambiente se percibía un sutil cambio de ánimo.
Y entonces, con un corredor en base, Trevor Story conectó un misil hacia las gradas del jardín izquierdo y los Red Sox ganaron 4-3. Como uno de aquellos buenos desastres de viaje, el swing de Story lo cambió todo.
Los Red Sox salieron del terreno dando brincos, pusieron música a todo volumen en el clubhouse y vistieron a sus novatos de formas creativas, cumpliendo una vieja tradición de las últimas giras de la temporada. Tolle quedó embutido en un disfraz naranja de Lorax, talla mediana. Gasper era un Mario perfecto, su doble, mientras Nate Eaton iba de Luigi. Roman Anthony llevaba un pañal. Tracy, a quien su cargo no eximió de participar, estaba sentado detrás de su escritorio con el atuendo completo de Woody, de “Toy Story”.
El swing de Story les devolvió su mundo, les permitió volver a reírse y a aceptar las risas de los demás. Todas las maletas estaban empacadas y cargadas, los uniformes listos para ser lavados y colgados al día siguiente en Tampa. El avión salió de Dallas a tiempo. Como presagio, nadie podía estar completamente seguro de si aquello era bueno o malo.
