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Cruz Azul, más fuerte que nunca... en 21 años

LOS ÁNGELES -- Lo peor del fracaso es que tiene más vida y memoria que el fracaso mismo.

Hoy, Cruz Azul descubre que la vida sigue y que en 2019 tendrá dos oportunidades más. La terquedad es un acto de valentía... hasta en el suicida.

Pero, hoy, también, Cruz Azul descubre, nuevamente, como a lo largo de 21 años, que la vida sigue... y las burlas también.

Contrastes: Cruz Azul no estaba preparado para este nuevo fracaso, aunque el América sí estaba preparado para esta nueva victoria. Hábitos de vida.

El fracaso, como sobreviviente del fracaso mismo, suele ser pésimo, perverso consejero. Prepara una hoguera, convencido de que el fuego purifica.

Pero, para Cruz Azul no debe ser tan dramático. Hoy, al menos, tiene un punto de partida. Hoy, al menos, tiene menos ajustes urgentes por delante.

En medio de su fragilidad del domingo ante América, es el más fuerte, al menos, de los últimos 21 años.

Pedro Caixinha y Ricardo Peláez encontraron una base de jugadores. Ciertamente, deben depurar el plantel. Algunos sirven para ganar partidos, pero se empequeñecen antes cruzadas más exigentes. Ellos, al Lilliput F.C.

Siempre quedará la duda hacia el exterior. Al interior, Caixinha y Peláez sabrán ciertamente si los jugadores hicieron todo lo que debieron, todo lo que pudieron, o sólo todo lo que quisieron.

¿Se equivocó Caixinha en su estrategia o se equivocó al confiarla en tipos poco confiables para ejecutarla? ¿Falló Caixinha o le fallaron sus jugadores?

Es un misterio cuya respuesta sólo tienen el técnico y Peláez. Y a partir de ella, definirán si merecen un sitio rumbo a la Odisea, jugadores como Cauteruccio. Caraglio, Elías Hernández y el mismo Méndez.

El problema del fracaso es la reincidencia. Puede convertirse en una adicción. Bien lo define Alvite: "El fracaso es el sitio más seguro del mundo, nadie quiere arrebatártelo".

Al interior de La Noria, en la intimidad de las oficinas principales, la promesa de Peláez había sido conquistar la Copa Mx y jugar al menos la Final, en el primer año de esta nueva empresa.

Al menos Peláez cumplió lo prometido a su directiva. No basta para la afición, y menos aún, porque el descalabro mayúsculo fue ante el adversario más odiado. Es como si tu esposa te engañara contigo mismo.

Ciertamente Caixinha debe responder a preguntas puntuales de su directiva. La veracidad o la credibilidad de las respuestas serán pasadas por el fino tamiz del escepticismo.

Primero, deberá responder por jugar al alquimista en el partido más importante del torneo. Caraglio y Cauteruccio estaban más desconcertados que el adversario, al que le favorecieron al recortarle la zona de riesgo. ¿Falta de entendederas de los jugadores o falta de discurso del técnico?

Segundo, cuando entendió el recambio de funciones de Edson Álvarez, Oribe Peralta y Renato Ibarra, ya habían subido a su equipo al patíbulo encarnizado del marcador en contra, y el desorden se le había amotinado. El puente de mando estaba acéfalo, lo ocupaban la angustia y la desesperación colectiva.

Pero, con dos torneos a cuestas, Caixinha tiene derecho a reclamar una nueva oportunidad en Cruz Azul. El fracaso tiene esa dualidad perversa: puede absolver al responsable, pero puede ser desalmado con los culpables.

Ciertamente decir que el fracaso hace más sabias a las personas, equivaldría a creer que Billy Alvarez Cuevas es 21 veces o, en este caso, 42 veces más sabio que el resto.

La ventaja es que hoy, insisto, por primera vez tal vez en estos 21 años, en La Noria tienen bases sólidas para equivocarse menos. Por eso, es tiempo de depurar, con energía, por cierto.

El principio físico es brutalmente innegable: una pizca de porquería contamina un barril de agua purificada, pero una pizca de agua purificada no purifica un barril de porquería.

¿Y a la afición de Cruz Azul? Una frase de Vanesa Martín: "No reces si la fe ya no te importa...".